10 razones por las que no tomar lácteos


Este tema es realmente polémico y es que los lácteos están muy arraigados en nuestra cultura y en nuestra gastronomía. Nos han grabado a fuego la idea de que no podemos vivir sin este alimento tan completo y necesario sin el cual careceríamos del calcio que tanta falta le hace a nuestros huesos.

Los lobbies de la industria alimentaria han hecho bien su trabajo y ahí tenemos a la leche, entronada en plena base de la pirámide alimentaria que aparece en todos los libros de texto sobre la materia.

Entonces, si es tan buena ¿por qué tanta controversia?

Hay 2 aspectos sobre la leche que son indiscutibles:

  • La leche es verdaderamente un alimento muy completo (aporta minerales como calcio, magnesio, fósforo, vitaminas del grupo B y otras, proteínas, carbohidratos y grasas). Aunque habría que matizar que el producto que nos encontramos ahora en las estanterías de los supermercados, pasteurizado y desnaturalizado, no tiene nada que ver con la leche de toda la vida.
  • Somos mamíferos y la leche materna durante la época de lactancia es el mejor alimento que puede tomar un bebé, pero esto no es extensible a la vida adulta. Si habría una excepción y es que, al parecer, la leche humana es muy beneficiosa como tratamiento para el cáncer y ya existen madres que la donan a los pacientes oncológicos.

El principal problema de la leche, a mi juicio, es que nos resulta indigesta en la edad adulta y esos restos de azúcares y proteínas sin terminar de digerir fermentan en nuestro intestino y desencadenan una cascada de problemas de salud.

Vamos a pasar a analizar algunos de los motivos por los que la leche y sus derivados (quesos, yogures, helados, nata, mantequilla, etc.) no pueden considerarse alimentos saludables para un adulto:

  1. En primer lugar, tenemos a la lactosa, el azúcar de la leche. Es un azúcar doble (un disacárido). Para poder digerirla y descomponerla en sus azúcares simples (galactosa y glucosa) necesitamos una enzima, la lactasa. Esta enzima la fabricamos sin problema durante la primera infancia, pero desde el destete hasta los 4 años, nuestro cuerpo (como el de todos los mamíferos) considera que ya no va a ser necesaria y su producción cae en un 90 %. A base de mantener el consumo de lácteos en nuestra dieta, forzamos a la naturaleza y logramos que la lactasa siga fabricándose, pero sus niveles son bajos y, en algunos casos, insuficientes, con lo que empiezan a aparecer molestias digestivas e intolerancias a los lácteos. El 10% de la población occidental está diagnosticada como intolerante. En otras regiones como África o Asia, donde los lácteos no están tan presentes en la dieta, se llega a cifras de entre el 50-90% de la población intolerante. En muchos casos, estas intolerancias no son fácilmente detectables, y sufrimos digestiones complicadas sin saber muy bien por qué. Además del malestar digestivo, el proceso de digerir la lactosa para convertirla en galactosa daña al ovario y hay estudios que relacionan el consumo de lácteos con cáncer de ovario.
  2. El segundo problema que causa la leche son las enfermedades autoinmunes. Esos cristales de lactosa sin terminar de digerir bien empiezan a fermentar en el intestino y aumenta la población de levaduras y hongos, como las Candidas, que pueden ir abriendo el espacio entre las microvellosidades intestinales y terminar, literalmente, agujereando las paredes del intestino (síndrome del intestino permeable). Esto puede provocar que pase a sangre la lactosa completa, como disacárido (2 moléculas de azúcar) en lugar de como monosacárido (azúcar simple) que es como debería pasar. Nuestro sistema inmune no puede reconocer este compuesto doble y termina reaccionando frente a él.
  3. La otra protagonista, además de la lactosa, es la caseína, la principal proteína de la leche. La caseína es la razón por la que nos gusta tanto consumir lácteos y por la que puede entenderse el sentido de tomar un vaso de leche antes de ir a dormir. Y es que la caseína, tras ser digerida en el estómago, se convierte en casomorfina, sustancia que produce bienestar e induce el sueño. Esto tiene sentido en los bebés lactantes, que necesitan dormir mucho porque están creciendo, pero no en un adulto. Esta casomorfina, como morfina que es, tiene también un efecto adictivo. La cantidad de caseína en la leche de vaca es muy superior a la que hay en la leche humana, y en el queso todavía es mucho mayor, de ahí que nos cueste más dejar de consumir el queso que la leche. Además, la leche de vaca cuenta con más tipos de caseínas que no están presentes en la leche humana y que, por tanto, nos cuesta digerir. Esas caseínas sin digerir bien, van a fermentar en nuestro intestino produciendo muchas mucosidades intestinales e inflamación. El asma y otras enfermedades respiratorias, como rinitis o sinusitis, y también las otitis infantiles se pueden relacionar con la caseína. Nuestro sistema inmune no reconoce estas variedades extrañas de la caseína de la vaca y aparecen reacciones alérgicas.
  4. Por otra parte, uno de los principales motivos por los que la gente toma leche y por el que la idea de dejar de consumirla genera mayores recelos es porque creemos que es la principal fuente de calcio y que, sin ella, nos descalcificaríamos. Pero lo que ocurre es justo lo contrario, la leche descalcificacuando bebes leche, orinas calcio. De hecho, en los países mayores consumidores de leche, como EE.UU. y los países nórdicos, es donde se registran cifras más altas de osteoporosis, mientras que en Asia y África, que antes hemos dicho que era donde hay menor consumo y más personas intolerantes a los lácteos, es donde menos osteoporosis hay. El motivo de esta descalcificación está en que la leche, además de calcio, también tiene fósforo. La proporción de estos dos elementos en la leche humana es diferente a la que hay en la leche de otras especies. En el caso de la leche de vaca, las cantidades de fósforo son muy superiores a las que hay en nuestra leche y, para poder metabolizar ese fósforo, el organismo necesita calcio. Parte lo tomará del propio calcio que aporta la leche y, cuando no sea suficiente, utilizará el que tenemos almacenado en las reservas de minerales del organismo, es decir, el calcio de los huesos y de los dientes.
  5. La leche es un alimento muy acidificante. Una de las prioridades del cuerpo, más esencial que la de mantener otros niveles importantes como el nivel de azúcar en sangre o la temperatura corporal, es mantener el pH de la sangre. Este valor debe estar en torno a 7,4 y pequeñas desviaciones de tan solo décimas darían lugar a acidosis metabólica y muerte súbita. Un pH por debajo de 7 es ácido y por encima de 7 es básico o alcalino. Por tanto, el pH de nuestra sangre es cercano a la neutralidad pero ligeramente alcalino. Sin embargo, la mayoría de los alimentos que consumimos en una dieta convencional, incluida la leche, tienen un efecto acidificante. Para compensar este exceso de acidez que aporta la dieta y mantener este valor constante, el cuerpo invierte grandes cantidades de energía. El pH de la sangre no peligra al ingerir un alimento acidificante como la leche; pero no peligra justamente porque es tan esencial mantener ese valor que el cuerpo sacrificará otras estructuras si es necesario para evitar que se altere. Entre los mecanismos reguladores del pH que tiene a su alcance nuestro organismo, está el de liberar a sangre los minerales (calcio y magnesio) que tenemos almacenados en huesos y dientes. Nos encontramos de nuevo con que la leche roba más calcio del que aporta.
  6. Por otra parte, están los factores de crecimiento. La leche de vaca está diseñada para alimentar al ternero, que duplica su tamaño en menos de dos meses y que llega a convertirse en un animal adulto de más de 400 kg. Las proporciones de proteínas y grasas de la leche de vaca no son, por tanto, las mismas que las de la leche humana, ya que las necesidades de un bebé humano tampoco son las mismas que las de un ternero. La caseína, de la que ya hemos hablado, produce una elevación de la hormona del crecimiento (IGF-1), que promueve el crecimiento del lactante, pero también la proliferación o multiplicación celular, aumentando el riesgo de ciertos tipos de cáncer. En este sentido, la leche y el queso de cabra serían una mejor opción que los de vaca, al ser la cabra un animal más parecido a nosotros en cuanto a tamaño.
  7. La leche, al igual que la carne, acumula en su grasa los tóxicos con los que ha estado en contacto el animal y estos pasan al consumidor. En la ganadería intensiva, las vacas están hacinadas en espacios reducidos donde comen y excretan. Las vacas son alimentadas con piensos y son inseminadas repetidamente durante años hasta la extenuación y, aunque teóricamente está prohibido hormonarlas, se desteta a los terneros de forma prematura para que no se beban la leche de su madre, pero hay que mantener la producción. Este aspecto negativo podría mejorar al consumir leche de producción orgánica de vacas alimentadas con pastos.
  8. Otro tema relacionado con el anterior, es que las vacas sufren mastitis en las mamas por las ordeñadoras automáticas y esas heridas se infectan, se genera pus y es necesario tratarlas con antibióticos. Aunque en el proceso son filtrados, esos antibióticos (y parte también del pus y la sangre) pasan a la leche, igual que pasa a la leche materna cualquier medicamento que tome una madre durante la lactancia. Esto es legal, mientras no se superen ciertos niveles. Has leído bien, es legal que haya una dosis de pus de ubre de vaca en nuestro café de la mañana mientras que no sea mucho. Y no nos olvidemos de la ración extra de antibióticos y que, unidos a aquellos de los que abusamos bajo prescripción médica, son los responsables de la resistencia creciente a estos fármacos.
  9. La leche ya no es lo que era. El producto final que nos venden hoy en día en el supermercado está pasteurizado a altas temperaturas para evitar que nos lleguen infecciones. Lo malo es que, en este proceso, las proteínas se desnaturalizan, los ácidos grasos se oxidan y la leche pierde buena parte del valor nutricional que aportaba antaño, cuando se tomaba cruda y recién ordeñada.
  10. Por último, podemos añadir que la, aparentemente inofensiva, mezcla de café con leche puede dar lugar a la formación de unas sustancias, las nitrosaminas, que son altamente cancerígenas. Cuando el café se mezcla con la leche, se originan unos precipitados (tanato de fibrina y tanato de caseína) que son muy indigestos para el organismo y pueden degenerar en aminas biógenas. Y cuando estas aminas se unen a los nitratos que tomamos en la dieta a través de frutas y verduras que son abonadas con nitrógeno o de los nitritos que traen muchos alimentos como conservantes, se forman las nitrosaminas cancerígenas.

Como ves, una joya para la salud, y es que parece que la leche no es la leche. La buena noticia es que muchos de estos problemas ligados al consumo de lácteos, pueden desaparecer rápidamente si dejamos de tomarlos.

Entonces, ¿qué alternativas hay? El mejor sustituto serían las leches o bebidas vegetales: de almendra, de arroz, de avena, de coco... La de arroz y avellanas que he descubierto recientemente está buenísima. También puedes hacer tú mismo la leche de almendras casera, es muy fácil y no puede ser más natural. La de soja no te la recomiendo porque gran parte de la producción es transgénica, además de presentar otros inconvenientes que comentaremos en otro momento.

Si lo que te preocupa es el calcio, hay muchos alimentos que aportan más calcio que la leche: las semillas de sésamo, de chía o de amapola, las almendras, las espinacas, la col rizada, las sardinas, el salmón, las legumbres, las algas, etc.

Si, a pesar de todo lo que te he dicho, estos argumentos no te han convencido y quieres seguir consumiendo lácteos, búscalos de producción ecológica, mejor de cabra o de oveja que de vaca.

El más recomendable sería el yogur ya que, aunque presente inconvenientes como los demás lácteos, es un probiótico que aporta la ventaja de ser bueno para nuestra flora intestinal y, al estar fermentado, ya está predigerido. Yo, de hecho, tomo algún yogur de cabra orgánica de vez en cuando (aquí puedes ver una receta de yogur con muesli y frutos rojos). El queso, especialmente el curado, es excesivamente graso y habría que consumirlo sólo excepcionalmente.

La leche sin lactosa no es una buena alternativa porque seguimos teniendo los inconvenientes de la caseína y porque, para eliminar este azúcar, se somete al producto a un proceso químico que también genera tóxicos y en el que pierde el valor nutricional que pudiera aportar. Para las personas diabéticas, la leche sin lactosa no es una opción, ya que al descomponer la lactosa en sus azúcares simples, se convierte en una leche con mayor índice glucémico.

Para terminar, si estás decidida/o a dejar de consumir lácteos pero te preocupa que tus niveles de lactasa se reduzcan a mínimos al dejar de tomarlos (esto es así), te diré que se puede comprar la enzima en herbolarios y tomarla exógena, si quieres asegurarte de digerirlos bien un día que te apetezca tomarlos esporádicamente porque, no lo podemos negar, los lácteos están ricos pero, como hemos visto, no se pueden considerar un alimento saludable y, mucho menos, necesario. Aquí hablamos de mejorar nuestra salud y nuestra calidad de vida y eso pasa, si o si, por eliminar el consumo de lácteos de nuestra dieta o, al menos, reducirlo considerablemente.

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