Productos ecológicos versus "normales"


En términos químicos, el calificativo orgánico alude a los componentes básicos de los seres vivos: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. La palabra "orgánico", por tanto, viene de vida. Un alimento orgánico, ecológico, biológico o bio, es aquel que ha sido cultivado mediante métodos tradicionales, sin sustancias sintéticas ni tóxicos. Por ende, si un alimento no es orgánico, podemos presuponer que los tóxicos van implícitos. Pero, ¿hasta qué punto esos tóxicos están presentes en el producto que consumimos?

La frase “si para esparcir los plaguicidas tienen que usar mascarillas especiales y trajes de protección química, no pueden ser saludables” que escuché en una conferencia organizada por la Asociación Jaén Ecológica en Úbeda, fue la que me hizo, definitivamente, abrir los ojos ante la evidencia. NOS ESTAMOS ENVENENANDO.

Como dice un proverbio árabe La primera vez que me engañes será culpa tuya; la segunda, será culpa mía.

La verdad siempre ha estado ahí, tú ya sabías que los fertilizantes, pesticidas y plaguicidas eran tóxicos antes de que yo te lo dijera, o que junto al filete de ternera viene una ración extra de hormonas y antibióticos (¡y hasta ansiolíticos!). Pero es algo en lo que no nos paramos a pensar cuando estamos comprando la fruta, la verdura o la carne en el supermercado, es información que nuestro cerebro filtra, que parcela. No nos planteamos que sea posible que exista una relación entre esos tóxicos legales y las llamadas “enfermedades de la civilización”, el cáncer, las alergias, la obesidad, la diabetes, las enfermedades autoinmunes, los problemas de fertilidad, etc. Por no hablar del daño al medio ambiente.

Si esas sustancias son tan tóxicas para la salud humana, ¿por qué los gobiernos permiten su uso? La respuesta es sencilla a la vez que preocupante. Las dosis de un producto químico consideradas seguras se deciden teniendo en cuenta únicamente la toxicidad individual de cada compuesto por separado, pero no se considera el llamado efecto cóctel, es decir, cómo actúan esos productos en nuestro organismo si están combinados entre sí.

Algunos fitosanitarios utilizados hace años, como el insecticida DDT, ya están prohibidos desde hace décadas y estoy convencida de que en un futuro próximo se prohibirán muchos otros de los utilizados actualmente. Esto será irremediablemente así cuando las evidencias ya no permitan que el sistema actual se sostenga pero, hasta entonces, seguirán haciendo estragos en la salud de la población.

Si eres de los que, como yo, necesita datos contrastables para convencerse de algo, te dejo un enlace a un post muy interesante que la doctora Odile Fernández publicó en su blog www.misrecetasanticancer.com en el que se muestra un vídeo de un experimento que se hizo con una familia sueca a la que midieron los niveles de pesticidas y fungicidas en orina antes y después de consumir productos ecológicos. La reducción en tan sólo dos semanas fue espectacular, sobre todo, en los niños. Aunque, eso si, se nos advierte de que la reducción de estos tóxicos acumulados en la grasa es bastante más lenta, como demuestra el doctor Nicolás Olea en un estudio realizado por el equipo del Hospital Clínico de Granada. En este estudio han encontrado restos de DDT (entre otros), prohibido en España desde 1986, en placentas donadas por mujeres que acaban de dar a luz.

El doctor Olea es Catedrático de Medicina Interna de la Universidad de Granada, Director del Departamento de Radiología y Medicina Física del Hospital Universitario de Granada, y toda una autoridad en el estudio de afecciones de la salud por productos químicos. En su conferencia nos habla de otro estudio realizado en Francia en el que se examina el desayuno de un niño compuesto por alimentos convencionales siguiendo los estándares recomendados por el gobierno y el Ministerio de Sanidad francés. Al analizar los alimentos, se encuentran compuestos derivados de las dioxinas, un surtido de PCBs, bisfenol A porque la leche se había calentado en un envase de plástico, algunos pesticidas que venían en la manzana (que era española) y así hasta un total de 128 residuos químicos en la dieta del niño a lo largo del día, muchos de ellos carcinógenos o disruptores endocrinos. En fin, una alegría para el cuerpo. Te animo a escuchar la conferencia completa y a reflexionar sobre la importancia de comer orgánico.

Una vez que la verdad se te revela, ya no hay vuelta atrás. Volverás a consumir productos “normales”, seguro, cuando comas fuera, cuando viajes, cuando alguien cocine para ti, o cuando tú mismo te permitas bajar la guardia o andes con prisas. Probablemente, no pensarás mucho en ello y, sin duda, es mejor así. Pero sólo te sentirás plenamente feliz y seguro con lo que comes, cuando consumas productos ecológicos, limpios, certificados o adquiridos en tu tienda de confianza. Además del hecho innegable de que la diferencia de sabor es abismal.

Soy muy consciente de que el precio es más elevado y de que, seguramente, no esté al alcance de todas las economías familiares. Por otra parte, existe una razón lógica para que estos productos sean más caros. La agricultura y la ganadería intensivas, como su nombre indica, están orientadas a la producción en masa y, por tanto, son más rentables. La agricultura ecológica sostenible y respetuosa con el medio ambiente, aunque también puede llegar a ser intensiva, normalmente es extensiva y es más costosa. Está claro que esto es un problema. En muchos casos, los productores son pequeños agricultores que no saben muy bien cómo dar salida a sus productos. Respecto a este aspecto del problema, si que está en nuestra mano ayudar con la solución. Si la demanda aumenta, probablemente, los precios se abaratarán.

Sin embargo, opino que el cómputo global del coste de comprar ecológico debe ser considerado desde un punto de vista más amplio que el fijarnos, exclusivamente, en la comparativa de precios de productos aislados. Por ejemplo, una barra de pan integral de centeno de masa madre será seguramente más cara que una baguete de pan blanco precocido, pero hay que tener en cuenta que ese pan, el pan auténtico, te puede durar una semana sin estropearse y, es tan contundente, que con una sola rebanada finita estarás saciado. También hay que tener en cuenta que en el cambio hacia una alimentación más saludable, reducirás o dejarás de consumir ciertos productos superfluos que sólo aportan calorías vacías y encarecen tu compra, como bollerías industriales, mantequillas, carnes, embutidos, precocinados, ¡tabaco! (¿te has parado a echarle cuentas?).

No obstante, si no puedes o, a pesar de lo que has leído, aún no te animas a convertir toda tu lista de la compra en una lista ECO, sí que te pido que tengas en cuenta qué productos no ecológicos contienen más tóxicos y, al menos, si que intentes comprar estos alimentos orgánicos. Como regla general, las verduras de hoja verde (espinacas, lechugas, col y, sobre todo, el apio) y frutas que se consumen sin pelar como las fresas, las uvas, los arándanos o las manzanas, son los que tienen un contenido en pesticidas más alto. Frutas de corteza gruesa como el melón, la sandía, la piña o el aguacate, así como la cebolla o los champiñones, son más seguros aunque no sean orgánicos.

Además de la toxicidad de la que estamos hablando relacionada con los plaguicidas o fitosanitarios utilizados en el cultivo de productos “normales”, también hay que tener en cuenta que muchos son transgénicos y que el efecto de esta manipulación, por ser tan reciente, aún no ha podido ser estudiado en la población. Una persona puede ser alérgica al pescado y manifestar una reacción alérgica al consumir fresas porque esas fresas hayan sido modificadas genéticamente incluyendo en su ADN un gen de resistencia al frío de peces del Ártico.

Por otra parte, muchas veces los cultivos se recolectan aún verdes y se maduran en cámaras frigoríficas, se transportan largas distancias desde su origen al punto de consumo o se pintan con ceras para lucir más brillantes y “apetitosos” en las estanterías de los supermercados. En toda esta manipulación, las propiedades nutricionales de estos originariamente maravillosos productos, se van perdiendo por el camino, y el alimento que finalmente acabamos consumiendo no aporta ni la mitad de nutrientes y vitaminas que potencialmente podría aportar.

En cualquier caso, siempre es más importante consumir frutas y hortalizas, aunque no sean ecológicas, que no consumirlas. Pero, si tienes la oportunidad, elige productos que sólo sumen y no resten, que contribuyan a alcanzar tu versión saludable.

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